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(Continuación de la historia en la que cuento mi primera experiencia en el marketing, mi actual autoexilio del mismo y mis actuales planes para volver a encarrilarme en la que creo ser mi pasión profesional ¿Consejos? ¡Bienvenidos!)
¡Ah, recordar! Es cierto que solo han pasado diez meses de aquello pero, ¡cuánto ha –y he- cambiado desde entonces!
Antes de continuar, anticiparé el (triste) final de esta etapa: me despidieron de Unilever en mayo.
Pero bien, antes fue toda una espiral que llegó a desencadenar en este desenlace. Algo ayudado por el destino, pero también por la mala fe, que nunca antes había conocido tan en vivo y en directo, tan a technicolor y con dolby stereo surround, como lo conocí ahí, en la persona de mi ex jefa.
Menciona lo que quieras para hacerte la vida imposible en el trabajo. Yo lo tuve:
- Presion absurda : “aquí solo de excelente para arriba”
o Con su respectivo addendum: “convierte a tu asistente en uno como tú”: “Si es necesario que respirés en el cuello de fulano de tal para que te responda: ¡hacélo!”
- Desplantes de inmadurez, como tirar huacales en un campamento al no funcionar el experimento con el detergente, saliendo hastiada y sin rumbo “a calmarse”. Y claro, luego “el asistente” recogiendo el desorden. ¿Otro ejemplo? Bueno, que tal: “Si te das cuenta, me fui de un solo porque no te quería ni ver, ni dirigirte la palabra” (en una agencia de publicidad, luego de descargar su enojo en “el asistente” por la mala organización de una presentación a los medios).
o Ahora comprendo que de lo que ella carecía era de falta de liderazgo. No sabía mandar y era presa de su propia inmadurez y desorganización.
- “Aleja a tu asistente de los otros y luego reclámale que porqué no se integra” Recuerdo bien este campamento, teníamos la “cena especial” a las 8:00 pm, mas no pude asistir temprano para sentarme junto a los demás asistentes, porque estaba esclavizado pegando calcomanías hasta bien entrada la fiesta.
- Alzadas de voz en la oficina (a la vista y oídos de todos). Muestras de decepción al estilo “¡qué voy a hacer contigo!”
- Llamadas telefónicas solo para martillar la represión. Un ejemplo de esto fue los primeros días después del accidente que me incapacitó, recuerdo aquellas palabras, en una llamada que recibí: “Te estás viendo mal, te lo digo como amiga, ¡yo a la semana de operada ya estaba de regreso!”
- El colmo: una evaluación de desempeño totalmente sesgada (¡todas deficientes!) aplicada para sellar con broche de oro la estrategia. Como para darle jaque mate al asistente, oficializando el mal desempeño creado, para anexarlo al expediente.
o De no ser por mi gran confianza en Dios, hubiera pensado que todo le salió bien a mi exjefa en su plan, porque luego de esa evaluación –a la semana- fue que sufrí el accidente que me dio dos meses de incapacidad, dentro de los cuales fui notificado de mi cesación.
o ¿Porqué digo esto? Solo sé que Dios es justo, es todo. No digo que yo tenga la razón o no la tenga. Si la tengo, la tendré. Si no la tengo, pues ya pagué con el despido y la anulación de lo que consideraba “un sueño”. Punto.
Hasta hace poco me encontré con un artículo en el que se explica lo anterior con una sola palabra: mobbing. Esto es, el comportamiento hostil que algunos jefes transmiten hacia sus empleados, o viceversa. Es una realidad, creo que yo la viví pero, gracias a Dios, ya lo superé.
Vuelvo a mi diario, por aquellos meses:
“Señor, aunque las circunstancias se pongan duras, hazme más fuerte que los problemas.
Sé que no soy un juguete del destino, ni de los pensamientos de nadie, sino que estoy en tus manos y tú tienes la última palabra (¡y será buena!)” (18 de febrero, 2005)
La tormenta perfecta fue causada por mi inexperiencia. Al fin de cuentas, podría haber evitado el desenlace si hubiera hecho uso de más sentido común, como acudiendo al departamento de RRHH a manifestar mi descontento. Lástima que pensé que bastaría solo con “mantenerla contenta” para que no se molestara. Pero, al parecer, esta patología ya era propia de ella (una perfeccionista consumada) y siempre encontraría un pelo en la sopa, aunque fuera propio.
(continuará)
