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Una de las satisfacciones más lindas de este trabajo de asesor inmobiliario es que puedes tomarte el tiempo de hablar con tus clientes, sin más interés que el ser tú mismo; para que el agradecimiento por la confianza que ellos han depositado en ti -y en tu empresa- pueda hacerse patente a través de una relación cordial.
Pues he conocido a un par de señores muy amables y simpáticos.
A ella la conocí la semana pasada. Doña Rosa es una señora septuagenaria que busca vender una propiedad en las afueras de la ciudad. Su historia me recordó al de miles de compatriotas, pues ella también ha pasado casi toda su vida en Estados Unidos.
Ha sido la única cliente que me ha preguntado, hasta el momento, el porqué de dedicarme a este negocio ("porque quiero capitalizarme para iniciar mi negocito", fue mi respuesta).
Cuando anduve haciendo el levantamiento de su propiedad, fuimos por todas las partes de la casa. Su cuarto era como un paréntesis entre todo lo demás. Había un olor a abuelita que inundaba todo el ambiente y todo era muy ordenado.
Me contó que su idea era vender ahí porque ya no era lo que antes. No se podía salir ni tener vida social en un vecindario tan transitado y peligroso. Se ha conseguido un terrenito en el interior del país y es ahí donde pretende construir su nueva casa, luego de vender esta.
Creo que le caí bien a Doña Rosa, porque también me ofreció la propiedad que tenía en el mar para que la levantara. Cosa que hice ayer.
Don Enrique.
Don Enrique es un señor de sociedad. Un señor mayor que se ha dedicado toda su vida al trabajo de empresario. Su casa en venta fue una que vimos con mi jefe, un día que andábamos ruleteando el sector.
Contacté con él de la manera más formal que pude, y hoy fue el día en que llegué a su casa para tomar fotos y platicar del negocio.
Resultó que platicamos de varias cosas: de sus nietos estudiando en el extranjero, de sus hijos, de sus antiguos amigos de toda la vida, etc.
Recorrimos aquella casa tan llena de recuerdos para él. Me mostró la piscina que otrora protagonizara eternas tardes de domingo en la que sus pequeños hijos, y luego nietos, disfrutaban sin parar. Ahora la feliz alberca lucía tapada por unas láminas, pero incólume al paso del tiempo, salvo ciertas manchitas que se van con una pequeña mano de limpieza, parecía decir: "estoy lista para volver a brillar".
Me mostró los detalles en que nadie se fija, como el muro a un lado de su propiedad, que le procura seguridad ante cualquier posible deslave. Este muro, como me cuenta, fue por su injerencia durante todo el proceso de construcción.
Pasamos por una sala donde había muchas fotos, de todas las épocas de su familia: en algunas lo podía reconocer, algunas décadas más jóven.
Caramba. Puedo decir que este señor tenía la rectitud en su mirada, en su hablar y en su forma de ser. Fue tan claro para mí hablar de negocios. Hasta permitió que explorásemos la posibilidad de alquilar la propiedad, siempre y cuando "se conociera a la muchacha" primero.
Estuvimos sentados en la terraza viendo los planos, sumando los metros que tiene de largo, ancho y frente la propiedad ("a pie", porque no teníamos calculadora a la mano). Entre los dos, corroborando los resultados de cada uno para ver que estuvieran correctos.
Vimos la ciudad desde su terraza, me mostró el volcán de S.V. a lo lejos y todos los edificios que circundan la propiedad, para reforzar el detalle de que "estamos bien ubicados, cerca de todo", lo cual es cierto.
Vimos pasar dos ardillas. Que hasta le pregunté si nunca se le habían entrado a la casa, a lo cual me respondió que no, que "son amigas". Hablamos de su natal Nicaragua, y hasta resultó que conocí a un par de sus nietas hace muchos años, en un curso de computación.
Su esposa se encontraba leyendo en la terraza familiar. Y también me contó que el domingo había pasado toda la tarde bajo la sombra del árbol de mango, leyendo en su jardín muy tranquilo.
Ahora quiere despedirse de su casa de tantos años, porque se ha hecho muy grande para él y su esposa. Dice que busca una casa siempre en el mismo vecindario porque le agrada el clima, solo que mejor una casa sin tantas gradas, de una sola planta.
Qué bien me cayó Don Enrique. Así quisiera ser yo cuando sea mayor. Talvez no lo pueda expresar del todo en este momento, pero qué bonita experiencia conocer una persona así.
