Esta semana a mi novia le ha tocado pesado en el trabajo.
El lunes tuvo que partir para Chile, a la casa matriz de la empresa para la que trabaja indirectamente, pues tenía que asistir a un congreso de marketing.
Le pedí que me trajera algún regalo insignificante, que me permitiera entrar en contacto con algo de cotidianeidad de los lugares que anda visitando. Y así fue: me trajo una hoja de otoño (que vio cómo iba cayendo), una viñeta de agua embotellada, un par de chocolates austríacos, un jugo de naranja de hotel y tres paquetitos de chocolates.
La he visto solo por unas horas. Ayer que vino por la tarde, aproveché y fuimos a La Panetiere a tomarnos algo y platicar. Ha sido muy bonito el sentimiento que me produjo verla de nuevo. No sé, siento que sí la extrañé de verdad.
Y ahora ya le ha tocado partir para Alemania, de donde volverá el próximo sábado.
Tan linda que es. Esta es hora que probablemente esté cruzando en Atlántico para llegar a su destino.