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No cabe duda de que la misericordia de Dios es infinita. Y su gracia también.
Este día, como a la 1:00 p.m. y minutos fui asaltado por la 29 calle oriente. Fue bien tonto la manera en que sucedió:
Venía yo por esa calle, y de pronto empecé a escuchar que algo sonaba en la llanta delantera de mi carro. Aunque no sentía que la llevara "pacha", las dudas me hicieron salirme del camino para revisar. Cuando me estacioné en la cuneta, me bajé para verificar qué era lo que tenía, y no era nada.
Cuando volví al carro, dos sujetos con talle de vagabundos se me acercaron y me amenazaron mostrándome una pistola. Me bolsearon, me quitaron el celular y de pronto, los vi que se subían a mi carro.
Me sentía tan mal al ver como me estaban robando el carro. ¡Casi no lo podía creer!
Pero el Señor fue misericordioso. Cuando me bajé a verificar la llanta del carro, inconscientemente dejé la llave prendida en el switch y el motor encendido. Cuando los ladrones se subieron al carro con la intención de arrancarlo para darse a la fuga, el motor de arranque chilló, ¡y los ladrones pensaron que el carro no les arrancaba!
Vi cómo se bajaron del carro y comenzaron a correr. Me dio valor y fui tras ellos. Casi estoy seguro que se escondieron en un pasaje sin salida, talvez en una tortillería que vi por allí.
Cuando llegué al carro, vi que habían dejado tirada mi cartera, y unos recibos del pago de mi universidad. Lo que sí me quitaron era la mariconerita azul oscuro que mi mamá me había regalado hace como cinco años. En ella llevaba solo papeles. Bueno, también me quitaron los pocos dólares que andaba en la cartera y el celular.
Cuando me pongo a pensar en el porqué de este suceso, no puedo negar que se me viene a la mente de forma clara la razón. Yo sabía que llevaba días, talvez semanas, de venir jugando con fuego en cuanto a mi relación con Dios, y conmigo mismo.
Me parece que el Señor, cuando quiere tratar con mi comportamiento, establece un parteaguas con algún suceso que me hace recapacitar, y me deja ver tanto su misericordia como su disciplina.
Así fue aquel 16 de mayo de 2006, cuando me asaltaron en la parada de buses por el ex-Kismet de la Escalón junto a mi novia, en la noche, también con pistola.
Me siento tranquilo porque el Señor me permitió conservar la vida, y me protegió. También me permitió conservar el carro, que es una de las principales herramientas que tengo de trabajo.
Ahora sé que el que tiene que comprometerse a cambiar lo que necesita cambiar en su vida soy yo. De verdad que tengo la intención, pero últimamente había sentido que la carne me venía dominando de manera tan sútil y a la vez dañina.
Pero, Señor, ayúdame a cambiar. Te agradezco que me hayas protegido y demostrado tu amor, aún en medio de tu disciplina. Enséñame a ser diferente, dame las fuerzas que me hacen falta y vuelve mi corazón hacia ti, porque te amo. Amén.
